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Anthony Bennett, una temporada para olvidar

14 Mar

Sobre un número 1 del draft recaen unas expectativas difíciles de cumplir. Una presión que no todos los elegidos soportan. Y cuando el juego y las cifras no acompañan, empieza a sonar la palabra maldita: fiasco. Es lo que le ha pasado a Anthony Bennett esta temporada.

Los Cavaliers han anunciado que Anthony Bennett, número 1 del último draft, estará al menos 3 semanas de baja a causa de una lesión de rodilla. Dado lo avanzado de la temporada en que nos hallamos, lo más probable es que si el equipo de Cleveland no se clasifica  para los play offs no fuercen el retorno de su promesa para preservar  su carrera.

A lo largo del presente curso ha surgido el debate acerca de si Bennett es el peor número 1 del draft de la historia. Por los números de su primera temporada en la NBA lo parece, con una media de 4,1 puntos y 2,9 rebotes en 13 minutos en pista y sin el impacto real en el juego de su equipo que se espera de una elección tan alta.

El canadiense ostenta la marca de ser la primera elección de un draft que más ha tardado en llegar a los 10 puntos en un partido. No lo consiguió hasta el 28 de enero ante los Pelicans (15), cuando ya había disputado 33 enfrentamientos (3 veces más que cualquier otro número 1). Lo más frecuente es conseguirlo la misma noche del debut como profesional.

Bennett sólo ha anotado en dobles figuras en 6 de sus 51 partidos (2 de forma consecutiva). No sumó su primer doble doble (en puntos y rebotes) hasta el 11 de febrero ante los Kings (19 puntos, 10 rebotes).  Una semana más tarde repetía el logro, por última vez, ante los Sixers  (10 puntos y 11 rebotes). En sus 7 primeros partidos en la NBA, su acierto en los lanzamientos de campo fue bajísimo (1 de 21 global).

 

Pero detrás de los fríos números hay siempre unos motivos. Antes de linchar a nadie, hay que escuchar sus argumentos. La estrella de la Universidad de Nevada Las Vegas (UNLV) se lesionó el hombro izquierdo en el tramo final de su única temporada NCAA. Una vez finalizada, pasó por el quirófano. Cuando se presentó a la pretemporada con los Cavaliers, había engordado 10 kilos (su peso habitual, sobre 2,03 de altura, son 108 kilos). Y por si fuera poco, le detectaron asma, alergia a los cambios de estación y apnea del sueño.

La otra justificación a su bajo rendimiento viene dada por la posición que ocupa. El natural de Ontario no es ni un alero ni un ala-pívot. Demasiado bajito para dominar en la pintura a los interiores, y demasiado lento para desbordar por velocidad a los aleros. Si dar el salto a profesionales ya es complicado para cualquiera, para los jugadores sin una posición bien definida la adaptación es mucho más difícil. O el equipo se amolda a su juego (lo que no ha pasado) o deben superar un proceso  más o menos largo de reubicación en la pista.

Tampoco han ayudado lo más mínimo las comparaciones que empezaron a establecerse desde el primer día con  Larry Johnson, “la abuelita”. El rocoso alero, número 1 del draft de 1991, también provenía de UNLV y, como Bennett, era un jugador entre dos mundos. Johnson supo explotar a la perfección su fuerza ante los aleros y su movilidad y tiro exterior ante los interiores. Los paralelismos entre los puntos de partida de ambos jugadores eran demasiado evidentes como para que no se tomase a uno como referencia del otro.

 

No he visto jugar a todos los números 1 de la historia. La lista de los que recuerdo haber visto vestidos de corto llega sin interrupciones hasta Mychal Thompson, elegido el 1978, y más allá podría incluir a Bill Walton (1974) y Kareem Abdul Jabbar (1969). Así que fijaré el límite en el mítico pívot de los Lakers  (y los Bucks) para esta comparativa con el último rey del draft.

De los 45 jugadores comprendidos entre Bennett y el gran Kareem , quince ganaron el premio al mejor rookie en su debut. A más de una veintena los podría calificar como estrellas sin que demasiados de mis lectores discrepasen de mi criterio. Muchos de ellos superaron los 20 puntos de media ya en su primera temporada profesional. Sólo 8 además del canadiense no llegaron a una media de 10 puntos por partido en su primer año NBA.

De entre estos ocho,  algunos pueden aducir en su descargo las lesiones que marcan (o marcaron) su trayectoria profesional. Casos como los de Greg Oden (draft de 2007, Blazers) y Pervis Ellison (draft de 1989, Kings).  Bennet podría acogerse en parte a esta excepción. Oden, además, con la peculiaridad que estaba llamado a ser un especialista defensivo, el “Bill Rusell” del siglo XXI. Los otros seis “rookies malditos” son Andrew Bogut (2005, Bucks), Kwame Brown (2001, Wizards), Michael Olowakandi (1998, Clippers), Kent Benson (1977, Bucks), Doug Collins (1973, 76ers) y Larue Martin (1972, Blazers).

 

El australiano Andrew Bogut ha subido sus promedios en sus siguientes campañas como profesional, consolidándose como un pívot polivalente y un buen jugador de equipo, aunque propenso a lesionarse. No ha llegado al status de estrella, pero es una pieza muy importante en los Warriors. Nadie puede discutir su gran clase técnica y su capacidad de aportar en múltiples facetas del juego.

El número 1 de Kwame Brown no tiene justificación, se mire como se mire. Michael Jordan, entonces ejecutivo de los Washington Wizards, se encaprichó de este jugador de high school, y lo eligió por delante de Tyson Chandler, Pau Gasol, Eddy Curry, Joe Johnson, Zach Randolph o Tony Parker. En sus 13 temporadas en la NBA y tras pasar por 7 equipos (Wizards, Lakers, Grizzlies, Pistons, Bobcats, Warriors y 76ers) ha ganado casi 64 millones de dólares sin demostrar nada sobre el parquet. Michael Jordan cometió un error de cálculo. Lo de los otros 6 directivos restantes que le firmaron un contrato casi podría considerarse delito.

Michael Olowakandi nunca llegó a demostrar que los Clippers no se equivocaron al elegirlo por delante de Mike Bibby, Antawn Jamison, Vince Carter, Dirk Nowitzki o Paul Pierce. En su primera temporada sólo pudo jugar 45 partidos. Cuatro años más tarde, cuando parecía que despegaba con unos promedios decentes (sin más) para un número 1, aparecieron de nuevo las lesiones. Su juego volvió a caer para no subir nunca más. En España fue más famoso por su romance con la presentadora de televisión Paula Vázquez que por su juego.

Kent Benson, un pivot de 2,08, consiguió maquillar sus estadísticas durante los años centrales de su carrera en los Pistons. No lo suficiente como para alcanzar el nivel de Bogut, pero si lo justo para ir consiguiendo nuevos contratos. Se benefició de ser el pívot de los Hoosiers de Indiana de Bobby Knight, que ganaron el título nacional de la NCAA de 1976 (fue elegido mejor jugador del torneo) sin perder ningún partido durante toda la temporada.

Doug Collins no pasó de los 10 puntos de promedio en su primera temporada por culpa de una lesión (sólo jugó 25 partidos). En los 7 años posteriores se reveló como un escolta de gran eficacia anotadora, rondando una media de 20 puntos por partido en muchas de ellas. Una grave lesión de rodilla, que le hizo la vida imposible durante sus dos últimas temporadas en activo, le obligó a una retirada prematura, pasando a ser entrenador jefe de su equipo de siempre, los 76ers. Como universitario formó parte de la selección olímpica norteamericana que perdió la final ante la URSS de los Juegos de Munic en 1972.

 

Según los analistas del momento, LaRue Martin podría haber saltado directamente a profesional desde el instituto por sus grandes cualidades físicas y técnicas. El pivot de 2,11 prefirió pasar tres temporadas en la Universidad de Loyola. En su último año en la NCAA promedió 18,7 puntos y 17,6 rebotes, y fue capaz de parar a Bill Walton en un partido. En el draft precedió a Bob McAdoo (2) y Julius Erving (12). Pero en la NBA su rendimiento bajó totalmente. Jugó 4 temporadas con una media global de 5,3 puntos y 4,6 rebotes por partido. En 1976, con 25 años, colgó las botas. Por cierto, superó la barrera de los 10 puntos en su cuarta actuación.

Ha habido otros números 1 que no han estado a la altura de lo que se esperaba de ellos, aunque su nivel no ha rayado los mínimos de los jugadores antes citados. Como el italiano Andrea Bargnani (2006), que si bien firma una buena estadística individual, ha carecido hasta ahora del carácter necesario para liderar un proyecto ganador. O Joe Smith (1995), que tras unos buenos inicios, se fue diluyendo para acabar su periplo NBA sin pena ni gloria. El base John Lucas (1976)  tuvo altibajos en su anotación, pero lo compensó con buenas cifras en asistencias. Cuando se retiró, ya con 36 años, reconoció su adicción a la cocaína y el alcohol. En la actualidad dirige un programa de rehabilitación.

Aún es pronto para evaluar si Anthony Bennett será el peor número 1 del draft. Por suerte para el jugador, aún le queda una larga carrera por delante para enmendar este flojo primer año como profesional. Si se esfuerza, le acompaña la suerte y encuentra un entrenador (en Cleveland o cualquier otro equipo) que confíe en él, cuando dentro de unos años volvamos a hacer esta comparativa su nombre no seguirá asociado a “figuras” como Kwame Brown o LaRue Martin, en mi opinión los más grandes fiascos de mi historia del draft.

 

Publicado en http://www.encancha.com, marzo 2014

Esos locos bajitos

10 May

En un deporte dominado por los centímetros, en plena carrera alcista en busca de jugadores cada vez más altos que sean capaces de moverse con plena desenvoltura, aún quedan románticos apegados a la tierra, con vértigo a las alturas. Son los “locos bajitos” que no llegan al metro ochenta.

Primer partido de las semifinales del Este en Miami, entre los Heat y unoos Bulls diezmados por las lesiones. Los de Chicago, de forma sorprendente, llegan vivos y con opciones al final del partido. Y en esos momentos es cuando se agiganta la diminuta figura (dentro de una pista de baloncesto, claro está) de Nate Robinson. El base anota las dos últimas canastas de los Bulls, que le roban el factor pista a los Heat.

La recta final de la Liga Regular y estos primeros partidos de los playoffs han servido para que el menudo jugador de los Bulls de Chicago reivindique sus cualidades baloncestísticas, que no son pocas. Y haga méritos para seguir jugando en la NBA, algo que muchos le han negado por su estatura. Porque Robinson infringe una ley no escrita de la Liga, la de los seis pies (pasado al sistema métrico decimal, un metro y ochenta y tres centímetros).

Esta es la altura mínima oficiosa (que no oficial, porque no hay ningún apartado del convenio de la NBA o de la reglamentación del juego que lo especifique) que debería tener un base para hacerse con una plaza en un equipo. Para un escolta nos iríamos al metro y noventa y tres centímetros, y un alero debería rondar los 2 metros. Se espera que los interiores superen esa altura, aunque un “center” como Dios manda debe llegar a los 7 pies (2,13).

El rey de los mates

Todas las reglas tienen sus excepciones. Y en este caso se hacen mucho más evidentes entre los bases, los pequeños en un mundo lleno de gigantes. Nate Robinson, con su 1,75 de altura, hace ya 8 temporadas que lucha contra la dictadura de los centímetros. Desde que lo eligieran los Phoenix Suns en la posición 21 del draft del 2005 para mandarlo inmediatamente a los Knicks.

En Nueva York, ciudad cosmopolita acostumbrada a romper clichés, fue donde Nate vivió sus mejores años. En especial, la temporada 2008-09, en la que promedió 17,2 puntos por partido. En su período en los Knicks ganó tres veces el concurso de mates del All Star, siendo el jugador que más veces ha ganado esta competición.

Su primera victoria, en el 2006, fue polémica. Necesitó 14 intentos para realizar el mate final. En la edición del 2009 saltó por encima de su gran rival, Dwight “Superman” Howard, ganador del concurso del año anterior. Con uniforme verde, caracterizado como “Kryptonate” (para los no comiqueros, la kriptonita es un extraño mineral verde que anula todos los poderes de Superman). Su último triunfo fue en el 2010, días antes de ser traspasado a los Celtics.

En Boston duraría poco más de un año, antes de ser transferido a los Thunder. Pero en Oklahoma City no contaban con él, y le cortaron el dia de Navidad del 2011, justo antes de iniciarse la liga. Por suerte, el Día de Reyes ya tenía un nuevo equipo, los Golden State Warriors, en los que vuelve a recuperar parte del nivel mostrado en sus primeros años en los Knicks.

Esta temporada firma con los Chicago Bulls. Su papel era dar descanso a Kirk Hinrich, a la espera de la recuperación de la estrella del equipo, Derrick Rose. Con el retorno de éste, su papel pasaría a ser marginal, equiparable al del rookie Marquis Teague. Pero entre que Rose aún no ha reaparecido, y que Hinrich ha tenido sus lesiones (principalmente en febrero y marzo, y los últimos 5 partidos de playoffs), Robinson ha gozado de más protagonismo. Y lo ha aprovechado.

Los otros “enanos”

Nate Robinson no es el único caso de jugador “bajito” en la NBA. En los Kings de Sacramento ha disputado su segunda temporada como profesional Isaiah Thomas, que mide lo mismo que el base de los Bulls. En un entorno de gente más alta, más pesada y más fuerte, estos dos bases hacen gala de sus mejores armas: su habilidad en el bote, su rapidez y su astucia. Ty Lawson, John Lucas, y el fugaz Josh Akognon completan el elenco de jugadores de esta temporada en la NBA por debajo de los seis pies, aunque estos tres si llegan al metro ochenta.

Otro jugador de corta estatura que ha pasado a la historia ha sido Spud Webb. El base de los Atlanta Hawks, de metro sesenta y ocho, venció en el concurso de mates de 1986 derrotando en la final a su compañero de equipo Dominique Wilkins. Los aficionados más veteranos de nuestro país seguramente recordarán a Keith Jennings (1,70). Tras no hacerse un hueco en la NBA, hizo carrera en Europa, jugando en la ACB en el Estudiantes (donde fue rebautizado como “Conguito”) y Real Madrid.

Estos no son los únicos casos de bajitos en la NBA. Cada cierto tiempo aparece un jugador de estas características para recordar a los aficionados que no todo en el baloncesto depende de la altura. De todos los jugadores que han participado en alguno de los miles de partidos de la historia de la liga, tan sólo 24 medían 1,75 o menos. Uno de ellos es Earl Boykins, que no ha encontrado equipo para esta temporada después de haber estado presente trece años en la competición.

Boykins, o “Lentejita” según el desaparecido Andrés Montes, es el segundo jugador más bajo en la historia de la NBA con su metro y sesenta y cinco centímetros de altura. Durante su carrera ha ido dando tumbos de un equipo a otro (ha estado en diez diferentes), siendo su periodo de mayor estabilidad (y rendimiento) las tres temporadas y media que pasó en los Denver Nuggets.

El inolvidable “Mugsy”

El honor de ser el jugador más bajito en la historia de la liga se lo lleva el entrañable Tyrone “Mugsy” Bogues, con su 1,60. A pesar de su estatura, o tal vez gracias a ella, se hizo un sitio en una competición en la que disputó catorce temporadas, entre 1987 y 2001. Pasó por cuatro equipos, aunque la mayor parte de su carrera transcurrió en los Charlotte Bobcats. Como anécdota, coincidió una temporada en los Washington Bullets con Manute Bol (2,31), en aquellos momentos el jugador más alto de la historia de la NBA.

Antes de hacerse profesional, Bogues participó en el Mundial disputado en España en 1986, proclamándose campeón con Estados Unidos. Protagonizó una jugada sorprendente, robándole un balón en alto al mismísimo Arvidas Sabonis (2,20 de altura). Ya en profesionales, le puso un tapón a Patrick Ewing en 1993. Y es que, aunque fuera pequeñito, su capacidad de salto le permitía elevarse más de un metro del suelo.

Tal vez no lo hayais visto jugar, pero es posible que su cara os sea familiar. Y es que Bogues hizo sus pinitos en el cine, aunque siempre interpretándose a si mismo. Aparece en la película “Eddie”, una historia sobre los Knicks de Nueva York protagonizada por Whoopi Gooldberg, y es también uno de los jugadores a los que unos alienígenas roban sus habilidades en “Space Jam” hasta que Michael Jordan los derrota. Ambos títulos son de 1996.

publicado en http://www.encancha.com, mayo 2013

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