Adam Morrison, “Born too late”

30 Jul

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Adam Morrison puede pasar a la historia de la NBA como un gran fiasco, otra de las decisiones fallidas de Michael Jordan desde los despachos. Y sin embargo, Morrison es mucho más que un error de MJ. A la mayoria de aficionados a la NBA su nombre no les sonará. Más allá de ser un número 3 de draft del 2006, por detrás de Bargnani i LaMarcus Aldridge y por delante de Brandon Roy, Rudy Gay o Rajon Rondo. Otra estrella universitaria que no consiguió triunfar como profesional.

Pero esta es una imagen injusta. Para los que le vimos en su etapa universitaria, para los que disfrutamos de su última temporada de absoluta locura anotadora en Gonzaga, Morrison es mucho más que eso. Un inadaptado al tiempo que le ha tocado vivir con un encanto “vintage”, una voz disonante en el coro, el eco de un baloncesto y una época que no volverá.

Un proyecto de estrella NBA que no cuajó

Los Bobcats lo escogieron para que fuera su jugador franquicia, pero el alero de 2,03 nunca cumplió las expectativas. El buen ojo de Michael Jordan como ejecutivo volvió a quedar en entredicho, en su primera selección en un draft para el equipo de Charlotte. Lo mismo que pasó en su día cuando, siendo directivo de los Washington Wizards, eligió con el número 1 a Kwame Brown.

Tras un debut como rookie con unos números correctos, aunque no de estrella (11,8 puntos por partido), una grave lesión en su rodilla izquierda le mantuvo apartado de las pistas toda su segunda temporada como profesional. Y para cuando volvió, los Bobcats creyeron que su momento ya había pasado. Así que durante su tercera temporada regular lo traspasaron a Los Angeles Lakers.

En el conjunto californiano Morrison ganó 2 anillos de campeón de la NBA, los años 2009 y 2010. Sin embargo, no hizo méritos para ello, ya que su participación en el juego del equipo fue meramente testimonial. Los Lakers no le renovaron el contrato cuando éste expiró. Hizo la siguiente pretemporada con los Washington Wizards, pero le cortaron antes de empezar la competición.

El alero probó suerte en Europa, pero tampoco le fue bien. En septiembre de 2011 fichó por el Estrella Roja de Belgrado. En noviembre, tras ocho partidos en los que lideró el equipo en anotación con 15,5 puntos de media, rescindió su contrato para intentar firmar otro en la NBA. No lo consiguió. En enero de 2012 volvió al Viejo Mundo, en las filas del Besiktas. En abril del 2012 dejó el equipo turco por falta de minutos.

El pasado verano Morrison hizo su último intento de volver a la élite del baloncesto mundial. Y afirmó que si no lo conseguía se retiraría. Jugó la Liga de Verano de la NBA con los Brooklyn Nets y Los Angeles Clippers. Hizo la pretemporada con los Portland Trail Blazers. Y de nuevo fue cortado antes de empezar la Liga Regular. Ahora Adam, con tan sólo 28 años, ha cumplido su palabra.

Estrella NCAA en Gonzaga 

Y sin embargo, apenas ocho meses antes de aquel draft del de 2006, parecía imposible que la estrella del alero pudiera apagarse nunca. Fue el 22 de Noviembre de 2005. En una de las noches mágicas de la NCAA, los Bulldogs de Gonzaga eliminaban a los Spartans de Michigan State en la semifinal del torneo de “pretemporada” de Maui por 109 a 106 después de tres prórrogas. Si hubiera sido durante el “March Madness”, estaríamos hablando de uno de los partidos míticos del baloncesto universitario.

Fue un duelo épico, glorioso, entre dos jugadores con las muñecas calientes, el punto de mira afinado, y llamando descarados a las puertas del Olimpo baloncestístico. Dos jóvenes aparentemente destinados a la grandeza. Morrison anotó 43 puntos para Gonzaga. Enfrente suyo, liderando a los Spartans, el escolta Maurice Ager (tuvo un paso fugaz y poco afortunado por el Cajasol) se fue hasta los 36 puntos. Ninguno de los dos ha alcanzado la gloria.

La fuerte vinculación de este alero de 2,03 y su “alma mater”, Gonzaga, tiene unas raíces muy profundas. Hijo de un exjugador de baloncesto reconvertido a entrenador, tuvo una infancia viajera hasta que su padre decidió cambiar de profesión. La familia se afincó en Spokane, cerca de la Universidad de Gonzaga. Y entonces Morrison se convirtió en recogepelotas del equipo de baloncesto que años antes había alumbrado un prodigio como John Stockton.

El joven Adam, a pesar de la diabetes diagnosticada cuando tenía 13 años, se convirtió en la estrella de su instituto, Mead Senior High School. Y cuando llegó la hora de dar el salto a la Universidad, Morrison tenía muy claro su destino. Quería seguir en su entorno familiar. Así que se quedó en Gonzaga.

En el año de su debut universitario promedió 11,4 puntos. Como sophomore su media subió hasta los 19 por partido. Y en su año júnior, el último antes de saltar a la NBA, explotó. Los 43 puntos contra Michigan State no fueron su tope de la temporada. Se fue hasta los 44 contra Loyola, 37 de ellos en una segunda parte de locura. Su media anotadora subió hasta los 28 puntos. Compartió el premio de mejor jugador del año con J.J. Reddick, que jugaba en Duke.

Un jugador de otro tiempo

Con un aspecto dominado por un bigote eternamente incipiente y una melena desaliñada, y un tiro exterior demoledor, no tardó en comparársele con Larry Bird. En la pista las similitudes eran evidentes, pero fuera de ella tal vez se parecía más al activista Bill Walton de sus tiempos de UCLA (casualidades de la vida, su grave lesión de rodilla llegó tras un choque con el hijo del pívot, Luke). Porque Morrison tuvo la mala suerte de nacer fuera de su época. Como la canción de las Poni-Tails, “Born too late”.

Tengo la impresión de que hubiera sido feliz en Woodstock. Que hubiera estado presente en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam. Que hubiera brillado en la NBA de los años 80 del siglo XX, no tan física. Como Walton. Morrison tuvo su momento, una frase que levantó ampollas entre los aficionados más conservadores: “Hemos tenido el 11 de septiembre, el recuento de votos Gore – Bush, una guerra en Irak, otra en Afganistan, el Huracán Katrina…¿Cómo puedes no preocuparte por quien manda en el país? Es el momento de cuestionarse las cosas. De pensar por uno mismo y manifestarse públicamente”.

Morrison es rara avis en el baloncesto norteamericano del siglo XXI. No sólo por padecer una diabetes que le obliga a medicarse con insulina. No sólo por sus inclinaciones políticas claramente de izquierdas, que le convirtieron en lector por gusto y no por obligación de Karl Marx. No sólo por su devoción hacia el Che Guevara (tenía un póster suyo en su habitación durante su estancia en Gonzaga). No sólo por su estrecha relación con su Universidad. No sólo por su bigote poco poblado y su melena descuidada. No sólo por su aspecto desgarbado y poco atlético. Sino precisamente por todo ello.

Este apasionado de la historia vuelve ahora a la Universidad. A Gonzaga, por supuesto. Se integrará en el cuadro de asistentes del técnico Mark Few. Pero Morrison no vuelve sólo para ayudar al entrenador. Su paso por la NBA no ha sido bueno en lo deportivo, pero en lo econòmico ha ganado casi 17 millones de dólares. Asi que sin la necesidad imperiosa de trabajar, se ha matriculado en el centro. Volverá a estudiar (si, otra de sus benditas rarezas). Volverá a sus debates sobre política en el autocar del equipo. Volverá a la época en que fue feliz. Volverá a casa. Él sale ganando. Y nosotros perdiendo.

publicado en www.encancha.com, julio 2013

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