El reverso de Lebron James

22 Mar

Lebron James es el amo y señor de la NBA. Sus números de esta temporada son absolutamente increíbles. Es la cara radiante del éxito, la personificación del triunfo. Pero toda moneda tiene dos lados, cara y cruz. Lebron es la cara. Viéndole en total plenitud, como rey de la NBA, me vino a la cabeza un jugador sobre el que elaboré una información hace casi 10 años. No recordaba su nombre, pero localicé el material tras rebuscar en el archivo. Era Lenny Cooke, la cruz de la moneda, y esta es su historia.

En el verano del 2001, el joven Lenny Cooke estaba en su apogeo. El escolta de 1,98, nacido el 29 de abril de 1982, era el número 1 del ranking de jugadores de baloncesto de instituto de los Estados Unidos. Una verdadera celebridad en Nueva York, y una figura en el mítico Rucker Park, donde ya había dejado muestras de su clase.

El joven prodigio vivia al filo de la navaja. A los 18 años ya era padre, y se atrasaba en los estudios. Demasiada distracciones en la calle, demasiada adulación, demasiado dinero fácil para alguien que frecuentaba las peores calles del barrio de Brooklyn.

Un adolescente con el cuerpo de un adulto abusando en la pista de sus rivales. Con una horda de seguidores que le idolatraban como a una estrella consagrada y que reían todas sus gracias. Luciendo el mítico dorsal 23 como una declaración de intenciones.

 Jugando en los Panthers, un equipo de la Amateur Athletic Union (organización deportiva de los Estados Unidos dedicada promover el deporte aficionado), hizo amistad con Brian Raimondi, un chico de familia bien. La madre de Raimondi, Deborah Bortner, acogió a Cooke en su mansión. Una oportunidad de dejar las compañías equivocadas (aunque las malas lenguas dicen que Bortner buscaba atraer la atención de los ojeadores sobre su hijo Brian).

 Casualidades de la vida, en los Panthers hacía sus primeros pinitos en el baloncesto un joven francés de 13 años y 1,80 de altura. Cooke era su ídolo. Por suerte para él, no siguió su ejemplo. El parisino creció hasta llegar a los 2,13. Se llama Joakim Noah, y juega en los Chicago Bulls.

 Volviendo al verano de 2001, Cooke acudió al campus ABCD, el más prestigioso para jugadores de instituto. En la edición anterior ya se había exhibido. No había motivos para pensar que no volvería a hacerlo. Y más tras derrotar al equipo de Carmelo Anthony.

 Hasta que le tocó enfrentarse al conjunto de un jovencito de 16 años de Akron, Ohio. Un jugador completo, como él, que podía ocupar prácticamente cualquier posición en la cancha. Cooke mareó al chaval con el bote para encestar desde la media distancia. Y a partir de ese momento las cosas se torcieron.

 Cooke se iba esfumando. Acostumbrado a anotar con facilidad, se quedó en 9 puntos. Mientras, su rival de Ohio se agigantó en el campo. En un final de partido igualado, anotó ante la defensa del desconcertado Lenny el triple de la victoria y su punto número 25. El mundo del baloncesto acababa de descubrir el secreto mejor guardado, Lebron James “El Elegido”.

 Mientras la prensa perseguía al nuevo fenómeno, Cooke no tenía ocasión para lucir su talento. Ya había cumplido los 19 años, y no podía participar en competiciones oficiales de instituto. Sólo en pachangas y eventos tipo “all star”. Abandonó la casa de Deborah Bortner y se mudó a Flint (estado de Michigan) con un nuevo benefactor.

 Incapaz de obtener su graduación del Instituto, se le cerraron las puertas de la Universidad. Sin muchas más salidas, decidió presentarse al draft de la NBA el año 2002. Mal asesorado, mal acompañado, no dio una buena imagen a los equipos en los actos y entrenamientos previos a la elección. Y por si fuera poco, se lesionó. Nadie le eligió. Ni en segunda ronda.

 Cooke volvió a Rucker Park, a jugar la liga de verano. Y luego pasó por las ligas menores. En el verano del 2003, probó suerte con los Celtics. Poco después de que Lebron James fuera elegido número 1 del draft, y Carmelo Anthony el 3. Su camino volvió a cruzarse con el de Lebron en un partido de pretemporada contra los Cavaliers. James anotó 25 puntos, Cooke no jugó ni un minuto. En Boston le acabaron cortando. No había lugar para él en la NBA.

Su carrera profesional continuó en la liga filipina y la china. En diciembre de 2004, en un accidente de coche, sufrió graves heridas. Pasó meses en una silla de ruedas, y a punto estuvo de que le amputaran la pierna izquierda. De nuevo en activo, volvió a Filipinas, donde se rompió el tendón de aquiles.

Tras recuperarse, fichó por los Rockford Lightning, de una liga menor norteamericana, la CBA. Estaba pasado de peso, y no había hecho la rehabilitación adecuada de su pierna izquierda. Aún recuperando la forma, en las navidades del 2006 se rompió el otro tendón de aquiles. Su carrera estaba acabada.

El año pasado, Lebron James ganaba el anillo de campeón de la NBA con los Miami Heat, siendo elegido MVP de la liga regular y de las finales. También fue campeón olímpico con los Estados Unidos. Mientras, Lenny Cooke tocaba fondo. Pesaba 136 kilos (cuando estaba en forma su peso era de 93 kilos) y no tenía trabajo. Ni en el baloncesto ni fuera de él.

¿Tenía Lenny Cooke talento para triunfar? Probablemente, le sobraba. Pero el éxito no depende sólo del talento, para desgracia de algunos y fortuna de otros. El éxito es como una racha de viento. Hay que estar preparado para aspirarla cuando llega. Abrigado para no quedarte frío. Bien situado para que te impulse hacia delante en lugar de detenerte. Y hay que seguir respirando una vez que se ha marchado.

 

publicado en http://www.encancha.com

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